-Deja de mirar esa fotografía absurda, no sé por qué te interesa tanto.- Dijo Edrien indolente y aburrido tumbado en el sofá de botones.
Arya no respondió nada, de hecho no solía responder a su opuesto hermano casi nunca, siguió embelesada en sus pensamientos y en la foto. Las sombras de la noche empezaban a apoderarse de la salita marrón en la que se encontraban. Sólo la lumbre de la chimenea parecía tener ánimo.
-Eres una envidiosa nata-, volvió a atacar él, -te has pasado la vida deseando cosas imposibles de conseguir para ti.
Arya pareció despertar de un ensueño al escuchar ese adjetivo, -me pregunto si todo se puede simular-, dijo más para sí misma que otra cosa.
Una ráfaga de viento helado entró por la ventana arrastrando adentro hojas del gran rosal que había al pie del alfeizar. Edrien la cerró de un golpe con sus malos humos de costumbre ignorando el remolino de alas verdes.
-Por supuesto que no, ni siquiera tú lo puedes todo-, señaló.
-Esas cosas imposibles de las que hablas no lo eran tanto, sabes muy bien que conseguí muchas de ellas,- dijo Arya mirándolo por primera vez a los ojos. -Por otra parte quizá no necesite ser más que yo misma, la verdad puede ser simplemente lo que habita en nuestras cabezas. La vida sigue su curso siempre ajena a nuestras carencias y tesoros.
-Lo que tú digas presumida-, concedió él cogiendo su capa y abrochándosela con un movimiento calculado y elegante, -ya ha anochecido, yo me voy de caza, ya sabes que prefiero lo tangible.
-Cuidado con lo que intentas cazar hermanito, te estaré vigilando-, pensó ella volviendo sus ojos malévolos a la fotografía. La guardó cuidadosamente en su agenda de cuero azul, se imaginó en el gran espejo de bronce de la entrada y se dispuso a salir a la noche también, con la presunción de inocencia pintada en su rostro.
Ilustración del genial Benjamin Lacombe.